En la Roca no me tratan bien. Si a uno un día le roban allí la chaqueta al día siguiente tendrá que acompañar el frío con ardores de garrafón. “Echale bien” -le dije a la muchacha esperando que el güisqui sobrepasase el nivel del yelo- “así me desquito por lo de la chaqueta”. Casi ofendida por mi petición guarda la botella y me reprende “Si es que sois muy despistados...”. Y cuando intento despistarme con un canuto ahí está el segurata para invitarme a pasar frío mientras me evado.
Compartiendo caladas hablamos sobre la peste, la guerra, el hambre, la muerte y la ingeniería del software. Esbozamos algunas lineas de código que salvarán el mundo y nos cagamos en todo por el camino. Cuando ya es demasiado tarde y el chawarmero se ha cansado de darnos fuego nos vamos a casa.
A veces me pregunto si es por su carácter reflexivo y trascendental que el ermitaño vive en la montaña o si esta vocación filosófica se da después de vivir en las alturas.
Mi calle, larga y empinada como sólo en Granada las hay, suele evocarme estas reflexiones. Subo la calle pero no mirando al cielo como un sofista experto, sino revisando el empedrao para evitar toda suerte de excrementos caninos que los ancianos y hippies aportan al barrio como elemento distintivo. Pienso en mi baja productividad de estos días y hago malabares en mi mente con un calendario imaginario para encajar todas las prácticas que tengo por hacer. Me refugio cobardemente en que mis únicos quince minutos de concentración se evaporaron con los gritos, llantos y sangre de las guerras conyugales de mi compañero de piso.
Joder que frío. Joder que ciego. Joder que tarde. Tengo menos fuerza de voluntad que una mierda. Salto una.
La cuesta se está acabando y al final se otea ya mi dulce hogar. Pero en una estrechez de la calle hay una figura. Es negra. Tiene el pelo rizado. Es un perro. Me mira. Intento avanzar, pero cuando ninguno de los dos puede disimular no haber notado la presencia del otro, un ladrido desgarra la paz nocturna. Me paro.
Doy un tímido paso. “Guau, guau”. El eco convierte esa manifestación de poderío en un rugido. Miro hacia atrás y veo una huida fácil y cuesta abajo. No puedo acojonarme por un perro. Doy otro pasito. “¡Guau, guau, guau!”. La cosa se pone difícil. Las interferencias de la realidad en la burbuja cannabinoide producen todo tipo de condiciones de carrera en los procesos mentales. Aquellos ladridos eran una interferencia de cojones. Intento pensar. “¡Guau!”
Si acaso me quedaba un poco, dejo mi orgullo junto al resto de heces que cubren la calle y vuelvo sobre mis pasos. Recorro la cuesta abajo con facilidad para tomar una paralela y retomar la subida desde el principio con pesar. Cuando, abatido, llego arriba del todo, doblo dos veces para bajar un poco hasta mi portal. Se entremezclan un suspiro y un jadeo.
Miro un poco más abajo y ya no hay perro. La paranoia ha dejado paso a la humillación. Y detrás sólo quedo yo solo.