Abro los ojos. La luz del Sol hace horas que ilumina la habitación. Las ventanas están situadas de una forma estratégica y astuta: ni un sólo rincón del pequeño cuarto escapa a los rayos de ese astro que hace las veces de farola y eje giratorio. El suelo comienza a vibrar, a la vez que un sonido metálico y pesado inunda la habitación. Adivino al tranvía circulando bajo mi ventana. Antes de que me dé tiempo a maldecir el cacharro se ha esfumado. Es rápido, ese viejo armatoste ruidoso.
Me levanto de la cama, aún sin saber qué hora es. Me dirijo al escritorio, y pulso el botón del ordenador. Inmediatamente, un zumbido comienza a sonar. La pantalla se enciende. ¡bip! La pantalla se apaga. Vuelve a encenderse, ahora mostrando una barra de carga. Se apaga. Se enciende. Bienvenido. Gracias, muy amable. A través del metacrilato que envuelve ese amasijo de chips, cables y caca, echo un vistazo. Adivino una cantidad acojonante de señales eléctricas dando vueltas ahí adentro. Vuelvo la vista de nuevo a la pantalla. La miro durante 10 minutos. Bostezo. Busco a tientas el paquete de tabaco en el escritorio, saco un cigarrillo y lo coloco entre mis labios. Salgo de la habitación, me arrastro hasta la cocina y me planto frente a la hornilla. Al tercer chasquido ha funcionado. Acerco la cabeza a las llamas con el cigarro colgando de mi boca, me chamusco un par de pelos y me largo satisfecho.
De vuelta al escritorio, me siento y miro a la pantalla durante 10 minutos más. Vuelvo a la cocina, localizo la cafetera más pequeña del mundo, coloco agua, dos cucharadas de café, y la pongo al fuego. Me siento a mirar la cafetera. Bostezo. Miro con una curiosidad antigua y conocida al cacharro que hay sobre las llamas: un pequeño cacharro metálico que había viajado desde Londres (y quién sabe qué sorpresas depara su pasado), que había llegado al piso con la visita de un colega, y nunca más salió de allí. Me acerco a la cafetera, la abro, acerco la cabeza y echo un vistazo; nada por aquí, nada por allá, el café no ha hecho aparición aún. ¿Dónde estarás, cabroncete? Retiro la cabeza y la parte superior del cacharrito, toda fugaz y metálica ella, sale propulsada a toda velocidad y se estampa contra la parte superior de la hornilla. Grito
la madre del cordero ante un público inexistente. Me asomo. No hay rastro del café en su lugar habitual, pues se encuentra esparcido y bien pegado justo encima. Al menos ha quedado limpísimo el cacharro. Hay otra cafetera. La miro. Miro el café estampado en la cocina. Bostezo y me rasco la cabeza.
Me planteo volver de nuevo al ordenador, y mirar un rato más a la pantalla. Por un momento estoy a punto de hacerlo. Al final opto por salir, en busca de unas tostadas y un café recién hechos por un experto en la materia, y bien merecidos.
Me dirijo hacia la cafetería más cercana, una vieja conocida, situada en la última planta de unos grandes almacenes. No hay mejor manera de empezar el día, me digo, mientras miro tranquilo la ciudad que se extiende ante mis ojos. Doy buena cuenta de unas
torradas y un
café pingado. Echo un cigarro más, y vuelvo a casa.
Me gusta esta ciudad.