Habían pasado las 8 de la tarde cuando empecé a pensar con cierta claridad. No quiero decir que acabara de levantarme, simplemente, las primeras 12 horas del día habían pasado, y yo no había dado indicio alguno de tener un sólo gramo de materia gris bajo los pelos. Ciertamente, si nos remitimos a los hechos, y siendo rigurosos, tenía todas las papeletas para ser un completo gilipollas.
Hasta donde alcanzaba mi pobre y castigada memoria, no recordaba una sóla idea más suculenta que esta. A decir verdad, no recordaba una mierda acerca de nada que hubiera transcurrido en los últimos 10 años. Y ahí estaba yo: un gran saco de carne, que había dedicado toda su puñetera vida a convertirse en un completo gilipollas, preguntándome por qué la cosa parecía no ir bien.
Preguntas que, como sería de esperar, eran demasiado evidentes para que yo, tras 10 años cocinándome los sesos en su tinta, pudiera vislumbrar siquiera su respuesta.
Menuda mierda.