Hace un tiempo me propuse dejar de ser un gilipollas. No sabría decir cuándo, quizá hace un mes, quizá hace dos, o puede que hace un rato. En algo así el propósito debe ser firme y los cojones deben estar bien puestos, o todo volverá a ser la misma mierda de siempre en cuestión de un par de horas. Pero uno es decidido y, consciente de la gravedad de la situación, sabe que ha llegado el momento de tomar las riendas del asunto. Y así lo hago, vaya que sí. Miro hacia adelante, hacia atrás, otra vez hacia adelante, y, con los brazos en alto y el grito en el cielo, comienzo a correr con todas mis ganas.
No sé en qué momento la cosa empezó a ir mal. Un buen día te levantas de la cama, te preparas un café, y antes de que te acuestes la cosa se ha torcido por completo y, cuando quieres darte cuenta, estás como una cuba y hablando con un perro de lo puta que es la vida. Apuesto a que así comienza todo esto.
Luego todo es dejarse llevar.
Cuando se mira el mundo a través de unas gafas manchadas de mierda todo tiene un aire bastante deprimente. Deben estar polarizadas para tal propósito. Ahora estoy seguro de ello. Pero cuando todo está empezando aún no imaginas nada de esto. Así que te colocas tus gafas, y te sientas en el sofá a verlas venir.
Y claro, vienen. Vaya si vienen. Y tú ni las ves venir.
Me gustaría contaros que todo terminó tal y como comenzó: un buen día, con una taza de café entre las manos y los ojos aún pegados decides que ya está bien. Pero no, no es así. Me temo que nunca es así.
La respuesta, en el próximo capítulo.