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jueves, octubre 22, 2009

Episodio VIII: Casualidades (I)

A veces me pregunto si hay algo más fuerte que la casualidad. Algunos podrían decir que la razón, otros que la voluntad, otros que una patada en las pelotas... qué se yo.

Aquel bar olía a tabaco como ningún otro. No sé si me entendéis. Allí se debían de haber fumado hasta las cortinas, viejas y manchadas, de un cuarto de baño antiguo y olvidado. Algunos días, como si de un cenicero gigante se tratase (y tú estuvieras dentro), el olor al pasar junto a su puerta era presagio de toses y pulmones sucios y encharcados.

Y, entendedme, que debió ser la casualidad la que debió hacerme entrar en este caso. No es cuestión de despreciar mi afición por barras de café, ni la soledad de Granada en el verano. La cuestión es la cuestión, a fin de cuentas, y antes de darme cuenta estaba dentro y bien sentado. Un café con beilis, sil vous plait. Como iba diciendo, una vez dentro y asentado, la sensación de llevar esa chaqueta vieja y ahumada, ese olor que todos conocéis; rancio, y dulce, y triste, ya sabéis, una vez dentro, se esfumaba.

Una vez más, quizá fruto de la casualidad, quizá causado por otros menesteres que más tarde deben ser contados, me vi volviendo tarde tras tarde al mismo sitio.

"Entre los hombres que van tras muchas mujeres podemos distinguir fácilmente dos categorías. Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer.

La obsesión de los primeros es lírica: se buscan a sí mismos en las mujeres, buscan su ideal y se ven repetidamente desengañados porque un ideal es, como sabemos, aquello que nunca puede encontrarse. El desengaño que los lleva de una mujer a otra le brinda a su inconstancia cierta disculpa romántica, de modo que muchas mujeres sentimentales pueden sentirse conmovidas por su terca poligamia."

Milan Kundera. La insoportable levedad del ser
Así que era eso.

Yo, que aún no intuía nada, me encontraba enzarzado en un ir y venir de títulos de libros, de escritores, de miradas cómplices y esquivas, con aquella rubia y guapa camarera. Si antes insinué que el olor de este garito dejaba de sentirse al poco rato, no era fruto de la costumbre, o sí, sino que el perfume que llevaba la individua de mirada inteligente y café en mano, éste, era el encargado de hacer que el cenicero en el que estaba oliera a algo suave y delicado.

Con una pequeña lista de libros, doblada y bien guardada en el bolsillo, me dirigí a una librería. Técnicas de Masturbación entre Batman y Robin era el título que rezaba la recomendación que más me había gustado. Pues pa tí Milán Kundera, le había espetado yo.

Entre los estantes, expositores, carritos, colgajos y estampitas, me vi encontrando no lo que buscaba, sino lo que yo había recomendado. Abrí sus páginas con nostalgia, esa que sientes cuando vuelves a ver algo que tanto te ha gustado, y me paré en un párrafo aleatorio. Las líneas de ahí arriba fueron las afortunadas.

Confuso, solté el libro en los estantes y volví a casa.

A veces me pregunto si hay algo más fuerte que la casualidad. Mañana, quien sabe, quizás vuelva de nuevo a esa barra. Tendré que buscar mejor el libro. Y ya veremos qué más cosas le cuento.

3 Comentarios:

Blogger Fran dijo...

No especifica el post si sale de la librería con las manos en la cabeza o no. Se presupone que sí.

Yo prefiero ponérmelas en la cabeza pero en la posición "recostado en mi amaca ajeno a lo que pone en ese libro"

5:39 PM  
Blogger Paquito dijo...

bravo chaval, sigues mejorando. Me a gustaro este relato, esperando al siguiente...

6:15 PM  
Blogger Luismi dijo...

Fran: creo que está bastante claro, salgo con las manos en la cabeza xD.

Paquito: ¡con lectores así da gusto escribir! Gracias tío :D

4:32 PM  

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