Como perros sin dueño. Como alma en pena sin un acompañante, deambulaban sin un rumbo fijo ni estudiado. ¿Hacia dónde se dirigían? ¿Quedaba algo de razón en ese caminar errático y ausente? Miradas esquivas, cansadas, tristes, mortecinas. ¿Qué había tras esa fachada deprimente?
Ningún patrón seguían sus pasos. Caminantes, que parecían obedecer órdenes de un superior algo confuso y desalmado. ¿Qué intenciones ocultaban tras sus pasos?
Entre la muchedumbre, frenética y agetreada, parecían no formar parte del teatro. Actores que habían acudido a la obra equivocada, que interpretaban un papel erróneo y no acabado.
Curioso, observas desde la trinchera. Un par de errantes parecen dirigir sus pasos hacia el lugar en que te encuentras. Finalmente, como si toparan contra un muro inexistente, alteran su rumbo hacia otros flancos.
Mientras tanto, el sol se está poniendo. La luz de la ciudad se vuelve naranja y deprimente, antes de que el Sol pueda gastar sus últimos rayos. El flujo de personas no parece haber disminuído, incluso por un momento crees que esté aumentando.
Confuso y aturdido, tras observar durante horas el ir y venir de los errantes, decides que has tenido suficiente. Sin saber exáctamente cuanto tiempo ha pasado, te levantas. Dudas por un momento para, después, abandonar tu trinchera y sumergirte en la marea humana.
Ahora formas parte de ellos.