Como si de un torrente se tratase, yo me había visto inmerso y arrastrado en la corriente. Una marea de sentimientos había inundado todas y cada una de las instancias y huecos que componían ese cuerpo que era yo.
Inevitable. Todo había sucedido poco a poco, como suceden las cosas inevitables. Algo, no sé el qué, había llegado, sin avisar primero, y en pequeñas oleadas poco después.
Aún recuerdo cómo comenzó todo. Debió empezar precisamente en sus labios. Ahora estoy seguro de que su sonrisa fue la culpable de este sinsentido. Antes de que pudiera darme cuenta, sentía el calor bajo sus sábanas, y ella dormía tranquila y apacible entre mis brazos.
A la mañana siguiente, mientras se enfundaba torpe y aún dormida entre sus ropas, no pude evitar pensar que no me importaría verla amanecer por el resto de mis días. Una despedida rápida, con el tiempo justo para aprobar entre risas el sabor a vainilla entre mis labios.
Si entonces hubiera sabido el desenlace, estoy seguro de que algo habría cambiado. ¡Espera! ¡No vayas tan rápido! ¡Quiero verte amanecer para los restos! Pero me temo, amigos míos, que nunca es así como sucede.
El final, no debe ser contado en este instante, pues nunca llegó. Llegaron más risas, más caricias, aderezadas con tristeza y desengaños.
¿Cómo terminaría todo? Ni yo puedo saberlo.
Pero ahora mismo saldré, con paso firme. Necesito conocer cómo acabamos.