En algún lugar desconocido de esta ciudad, a las once y media de la noche, una adolescente lloraba desconsolada. Poco más tarde se quitabaría la vida para, minutos después, volver a nacer a manos de un equipo de emergencias. La vida había decidido darle otra oportunidad y, tras ser reanimada sobre el suelo de su habitación, decidió que ya había tenido suficiente. Al fin y al cabo, las cosas nunca volverían a ir tan mal como la noche en que la encontraron muerta.
Todo final marca el principio de algo nuevo. Nuestra pequeña y dulce adolescente había necesitado una visita al otro barrio para terminar con su pasado y empezar de nuevo.
Mientras esto sucedía, en el otro extremo de la ciudad, bajo la luz tenue y amarilla de una lámpara metálica, nuestro protagonista hojeaba un libro sin prestar mucha atención. Sin siquiera darse cuenta, la maquinaria interna se había puesto en marcha una vez más. Necesitaba una puesta a punto y un buen engrasado, sin duda, pero todo estaría funcionando a todo gas en poco tiempo.
Despreocupado, echó una mirada a través de la ventana y observó los antiguos carteles de neón del hotel que se alzaba al otro lado de la calle. El brillo azulado del neón le había traído a la mente recuerdos de otros tiempos y, echando un vistazo al cuarto, casi creyó verlo tal y como había estado veinte años atrás. Al volver la mirada de nuevo a la calle, un adolescente robaba los besos de una incauta, al resguardo del portal en que vivían.
Por un momento, un sonido metálico y casi imperceptible suena entre las paredes de este cuarto. Un nuevo engranaje se pone en marcha con pesadez y paso lento.
Irremediablemente, todo final marca el principio de algo nuevo. Y éste final no iba a ser menos. Una vez más, el juego había comenzado.