Tendría que ser un día como hoy, un año atrás. Me hallaba luchando contra las inclemencias del destino y las injusticias de la vida... vamos, que lloraba. Como un niño pequeño, para ser exactos. Más tarde, muchos meses después, me explicarían que intentaba suicidarme. Yo, que aún no sospechaba nada, simplemente lloraba desconsolado. A moco tendido. Lágrimas sanas.
Sólo pasaban unos días desde la despedida.
Tha tapoume stin Elada!. Y adiós, muy buenas. No sólo lloraba por aquella morena de pelo rizado, ojos brillantes y sonrisa fácil. Cuando la primera despedida llega a los 23, estás jodido. Los jóvenes no suelen tener ese problema y, cuando la cosa se pone seria, tienen un buen historial de pedidas, despedidas, dimes y diretes. Están bien curtidos en la materia.
Como ya podréis imaginar, ese no era mi caso. En lo que a experiencia se refiere, llegaba con 10 años de retraso. Y ahí estaba yo, convertido de nuevo en un tierno pimpollo de 11 años al que su novia ha dejado. Y no jodáis, que esto es serio.
Cuando uno se enamora 3 veces por semana, no hay tiempo de rupturas. A decir verdad, no da tiempo a nada. Va pasando el tiempo, y ahí estás tú: más sólo que la una, y comiéndote los mocos. ¡No me quiere nadie!
¡Ni tú a nosotras, malandrín!, debería haberme gritado alguna. Pero claro, no gritan. Ellas no gritan.
Después, todo se precipitó. Antes de que quieras darte cuenta, una gallega te ha regalado una rosa y te ha dicho adiós. Tus padres han adelantado su visita cogiendo el coche contrarreloj, un portugués te ha partido la boca, y te encuentras de vuelta en casa. Al oeste, Portugal. Tres mil al este, Grecia. Mil al norte está Galicia.
Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambúl. Y yo, en tierra de nadie.
Al parecer, cuando uno intenta suicidarse, las cosas pasan así. Pero, repito, yo aún ni siquiera imaginaba todo lo que había pasado. Debieron pasar siete, quizá ocho meses, para comprenderlo todo. Una confusión, quizá todo fue una confusión y nadie quería morir. Pero
mi padre lo tenía claro. Aquello no eran lágrimas de desconsuelo, eran
la señal. Él sólo quería salvarme...
Pero aún no reaccioné. Tras saber que había estado a punto de morir bajo mis propias manos sólo pude reir. Inocente de mí, no comprendía nada. Tuvo que seguir pasando el tiempo, y que la idea se acomodara en mi cabeza. Y en mi cabeza, un buen día, apareció otra idea.
Vaya vida de mierda debes pensar que tengo, papá...Sin siquiera darme cuenta, todo había empezado a mejorar. Poco después comprendería que había tomado, de nuevo, las riendas de mi vida.
Y así fue como un intendo de suicidio frustrado, del que no supe nada hasta bien pasado el tiempo, salvó mi vida.