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jueves, enero 08, 2015

Microrrelato: Pesadilla urbana

Cuando salí de la estación, todos seguían deambulando, lentamente. Observaban sus dispositivos luminosos, cabizbajos; como en una pesadilla.

viernes, noviembre 21, 2014

Epílogo

Aquella mañana, yo estaba como ausente,
la mirada perdida, la cabeza en otro sitio,
y tú andabas, para compensar, corriendo
de arriba para abajo.

En un momento dado, asomé la cabeza
por la puerta del salón para decirte:
ahora vuelvo, vida, que voy a por tabaco;
y salté por la ventana
hacia el vacío.

Tú, muda por un momento, echaste
a correr, mientras gritabas: ¡pero
que ya no fumas, desgraciao!

Y ya era demasiado tarde.

No lloréis por mí,
que estoy fumando.

martes, diciembre 14, 2010

Episodio XVII: Diría que volaba

Ayer le vi. Sobre un raro cacharro con dos ruedas paralelas, parecía deslizarse pobremente a una distancia breve del asfalto. De su nariz salían un par de tubos transparentes, que parecían sujetarle las orejas, y terminaban finalmente en una bolsa que pareciera unida al aparato.

Hablo como aquel que cuenta la historia de un viejo conocido, pero debo decir que este individuo y yo no habíamos coincidido en el pasado. Su cara contaba que debía rondar setenta años. Los tubos que salían de su nariz (y que debieran sujetarle las orejas), hablaban de pulmones y bronquios desgastados. Su mano, agarrada a una señora que caminaba al mismo ritmo que sus ruedas, contaba a gritos sentimientos de viejo enamorado.

En aquel momento debí mirar con compasión, notar tus dedos en los míos, y seguir caminando calle abajo.

Esa mañana bañaba el Sol Puerta Real. Minutos antes, nervioso, de camino, urgaba en mis recuerdos de un pasado bien lejano. Subías por Recogidas a eso de las once, mientras yo te contaba qué hacía los Domingos en Granada cuando era bien pequeño.

Debió de notarse la ilusión poco más tarde, cuando ya nos rodeaban un puñado de viejos coleccionistas guardando sus pequeños puestos (que no eran más que antiguas mesas de jardín), esperando que entre aquella poca gente que paseaba en un Domingo de mañana por el centro, hubiera algún interesado en guardar retazos del pasado en forma de sellos, o monedas o peñascos.

Tú, que quizá no comprendías del todo aquella historia, o quizá sí, deslizabas curiosa tus dedos entre monedas de diez siglos, preguntándote el por qué de un precio tan barato. Yo, con la ilusión rebosando en la cabeza y el contacto de tus dedos en mi mano, caminaba, a lo mejor quince años más tarde, contigo muy cerquita, entre recuerdos del pasado.

En un momento en que andábamos ojeando antiguos sellos de la revolución francesa, según rezaba un papel mal recortado en el catálogo, un viejo se acercó del otro lado, y con un gorro que tapaba sus orejas y un acento de más allá del Pirineo, dijo que eran los primeros emitidos en la vieja Francia. Tú, que habías agachado la cabeza, parecías dar por concluído el intercambio.

Más tarde, sobre la nube que había creado pasear contigo en mis recuerdos, estábamos sentados junto al río. El Sol de invierno que antes calentaba en el paseo, y que ahora parecía perder su fuerza ante la brisa, tostaba a duras penas nuestras caras, tumbados en el suelo, el uno sobre el otro, mientras mi mano descansaba tranquila entre tu pecho, y tú habías comentado que allí olía a meados.

Hoy, que salí de nuevo en la mañana, volví a verle. Aquel viejo que ayer se deslizaba pobremente sobre una plataforma con dos ruedas se me cruzó de nuevo. Con la cabeza bien erguida, la espalda recta, los tubos que salían de su nariz y la mano sujeta nuevamente a esa señora que en el pasado debía haber llorado a lágrima viva (y quizá a mares) cruzaban hacia arriba en el Triunfo.

Parecía que el Sol, que les bañaba de frente en la subida, les regalaba un poco más de vida a estos amantes. Mientras seguía mi camino, de vuelta hacia el trabajo, imaginé al pobre señor en su derrota temporal semanas antes, sobre una silla de ruedas, con sus pulmones tan cansados que no le darían aire ni para caminar. Algo dentro de mí debió sonreír fuerte (quizá eras tú), y se alegró de lo que de un tiempo a esta parte estábamos creando.

Pareciera que este viejo me hubiera hablado de poder nacer de nuevo, contigo cerca, la vida intensa, las noches breves, palabras justas, sonrisa alegre, tus ojos chicos, la nueva vida, los sueños juntos, los desengaños, y todo aquello que estuviera por venir, y que con esto, y aquello que cuando estemos aburridos decidamos, tuviera de sobra para vivir la vida entera una y mil veces.

Total, que al ver por segunda vez a aquel viejete, diría que volaba, que no andaba tristemente por la calle. Y me dieron ganas de abrazarlo.

viernes, octubre 08, 2010

Microrrelato: A ratos

Tenía la mirada perdida cuando tomé conciencia. A mi alrededor una taza de te, un cenicero y un folio en blanco. Ya sólo quedaba recordar qué estaba haciendo.

jueves, septiembre 23, 2010

Episodio XVI: Rompiendo las costumbres

De las cosas que ocurren en la vida, solemos recordar aquello que fue bueno y, en menor medida, lo que hizo daño. Nuestra memoria ha sabido elegir con sabia destreza aquello que almacenará para los restos, de tal manera que, llegado el caso, tengamos una buena colección de vivencias y paridas agradables que traer desde el recuerdo.

Mientras nada malo ocurra, este teatro que trascurre en la cabeza formará un buen colchón de nubes y almohadas en que poder rebotar con cierto desparpajo. Si entre función y función, allá en el limbo, el colchón se agujerea, llegado el caso, una buena biblioteca de vivencias putas te estará esperando. A modo de bibliogafía que consultar, y un poco bañada en mierda, quizá encontremos la razón del descalabro. Y si esto es así, llegado el caso, sólo queda la esperanza de encontrar junto a esta entrada cómo logramos sobrevivir en el pasado.


Me encontraba yo desafiando a la razón y la experiencia cuando estas cuestiones me asaltaron. Las decisiones no siempre se toman en el mejor momento. Vamos, que a veces se podría decir que andamos desconectados, y que sea el sobaco quien piensa por nosotros, a falta de un órgano mejor que se encargue del trabajo. Y no es por menospreciar ningún espacio de la carne que está tras el pellejo, pero hay que reconocer que no siempre las vísceras aciertan.

Pero no nos desviemos del tema. La cuestión era simple: había decidido poner a prueba a mis pellejos, y ver si era capaz de abandonar por una temporada alguno de mis hábitos. Siendo mi modo de vivir repetitivo (y confío, con esperanza, que así es como proceden el resto de paisanos) desafiar a la experiencia y las costumbres no era fácil. No sé si era sensato poner a prueba las reglas que dan orden al caos que podríamos ser sin repetirnos, Os puedo asegurar que no estaba nada seguro.

Romper temporalmente con un hábito implicaba cierto riesgo. Ocupar el tiempo dedicado a la rutina se revelaba complicado. Modificar ese continuo repetido hasta el cansancio podría suponer cambiarlo todo.

Total, ¿qué suponía pasar un mes sin la cerveza? ¿Realmente pasaba algo?

Finalmente, decidí que no importaba tanto.

lunes, agosto 23, 2010

Interludio: Renacer

Si volviera a nacer
(y condiciono, porque aún no he decidido
si voy a hacerlo o no),
si esto ocurriera,
repetiría cada error que he cometido hasta el momento
para, llegado este momento,
apreciar cada segundo que el reloj
regale a nuestras vidas
con la debida corrección del error previo.

De renacer, llegado el caso,
esperaría
a reinventarme de nuevo a cada paso,
y encontrarme
en el mismo sitio y hora en que me encuentro,
con las mismas experiencias,
victorias y fracasos.

Y si esto sucediera en algún punto
de este camino que llamamos existencia
ten por seguro, que tendría la paciencia suficiente
para dejar que TÚ, mi compañera,
te reinventaras por ti misma.

Llegados a ese punto,
en que tú te renvientaras y yo volviera a ser el mismo,
te buscaría por cada esquina del planeta
removiendo cielo y tierra, sin descanso,
para volver a encontrarte, nuevamente,
y enamorarme un poco más a cada paso.

Si volviera a nacer, de esto estoy seguro,
volvería a ser yo mismo, tal cual, sin cambios,
este payaso del que te has enamorado.
Que todos los errores cometidos
y victorias, y fracasos,
me harían volver a ser ese que soy
y harían que cada día
descubriera lo bueno de estar juntos,
e inventara un futuro de tu mano.

Que si vuelvo a nacer
te quiero cerca.

lunes, agosto 09, 2010

Microrrelato: La niebla

En la niebla confusa del despertar miró a su lado. Acurrucada, estaba ella; aún dormía. De pronto, tuvo una revelación. Por fin sabía qué quería ser de mayor: su compañero.

martes, marzo 16, 2010

Episodio XV: De túneles y luces

En algún lugar desconocido de esta ciudad, a las once y media de la noche, una adolescente lloraba desconsolada. Poco más tarde se quitaba la vida para, minutos después, volver a nacer a manos de un equipo de emergencias. La vida había decidido darle otra oportunidad y, tras ser reanimada sobre el suelo de su habitación, decidió que ya había tenido suficiente. Al fin y al cabo, las cosas nunca volverían a ir tan mal como la noche en que la encontraron muerta.

Todo final marca el principio de algo nuevo. Nuestra pequeña y dulce adolescente había necesitado una visita al otro barrio para terminar con su pasado y empezar de nuevo.

Mientras esto sucedía, en el otro extremo de la ciudad, bajo la luz tenue y amarilla de una lámpara metálica, nuestro protagonista hojeaba un libro sin prestar mucha atención. Sin siquiera darse cuenta, la maquinaria interna se había puesto en marcha una vez más. Necesitaba una puesta a punto y un buen engrasado, sin duda, pero todo estaría funcionando a todo gas en poco tiempo.

Despreocupado, echó una mirada a través de la ventana y observó los antiguos carteles de neón del hotel que se alzaba al otro lado de la calle. El brillo azulado del neón le había traído a la mente recuerdos de otros tiempos y, echando un vistazo al cuarto, casi creyó verlo tal y como había estado veinte años atrás. Al volver la mirada de nuevo a la calle, un adolescente robaba los besos de una incauta, al resguardo del portal en que vivían.

Por un momento, un sonido metálico y casi imperceptible suena entre las paredes de este cuarto. Un nuevo engranaje se pone en marcha con pesadez y paso lento.

Irremediablemente, todo final marca el principio de algo nuevo. Y éste final no iba a ser menos. Una vez más, el juego había comenzado.

jueves, marzo 11, 2010

Episodio XIV: La mancha de café

Irremediablemente, toda bajada está seguida de un nuevo ascenso. Esta vez, afortunadamente, también iba a ser así.

Nuestro protagonista, que aún desconocía el giro que los acontecimientos iba a tomar apenas doce horas más tarde, se encontraba absorto mirando a la pared, con aburrimiento.

La experiencia, esa inagotable fuente de conocimiento y de erróneas inducciones, se empeñaba en repetirle que todo estaba equivocado, que nada saldría bien. Maldita perra. Y esto no sería ningún problema si nuestro pequeño cascarrabias fuera el personaje principal de una tragicomedia: de ser así, todo estaría saliendo a pedir de boca.

No, mis queridos lectores, me temo que este joven tristón, al que véis absorto mirando a la pared, se encontraba en este mismo instante en una partida a vida o muerte en el juego de la vida, y cuando estás inmerso en este tipo de asuntos, cualquier parecido con una tragicomedia pone a uno de los nervios, cuanto menos.

Finalmente, y sin siquiera imaginar que estaba siendo objeto de observación por nuestra parte, decidió que, en efecto, esa pared no tenía absolutamente nada de especial, aparte de un par de chicles pegados y unas manchas de lo que bien podría ser café.

Se levantó, cogió su chaqueta, y pasó junto a la mancha de café. Le dijo adiós.

miércoles, marzo 10, 2010

Episodio XIII: Tormentas

Una luz tenue ilumina la habitación, mientras un café intenta calentar tus manos. Una sensación ya conocida había conseguido abrirse paso entre los papeles, aparatos y jaquecas del día a día.

Una voz triste, dulce y melancólica retumba en tus oídos. Sin apenas darte cuenta, casi te ha arrancado el corazón. Y me pides que te la describa... ¿Cómo contarte con palabras lo que suena? ¿Soy capaz de hacerte oír desde tan lejos?

Intento separarlo del torrente que me arrastra. Suenan guitarras que más bien podrían estar llorando. Yo no voy a ser quién te haga ver que esto no es una guerra..., se lamentan, desde el otro lado del telefono.

¿Qué había pasado? Una vez más, te llega la respuesta desde fuera: Y el final nunca acaba... Ya ni recuerdas cómo empezó todo, qué era aquello que movía los engranajes. Sólo te recuerdas menos viejo.

El camino hacia tus metas se había truncado una vez más. Era lo único que tenías claro. Y lo que sonaba en tus oídos no ayudaba.

Al final, te habías quedado en el intento.

Ni siquiera puedo describirte lo que suena. Lo tendrás que escuchar tú. Reto perdido.

Tormentas