Ayer le vi. Sobre un raro cacharro con dos ruedas paralelas, parecía deslizarse pobremente a una distancia breve del asfalto. De su nariz salían un par de tubos transparentes, que parecían sujetarle las orejas, y terminaban finalmente en una bolsa que pareciera unida al aparato.
Hablo como aquel que cuenta la historia de un viejo conocido, pero debo decir que este individuo y yo no habíamos coincidido en el pasado. Su cara contaba que debía rondar setenta años. Los tubos que salían de su nariz (y que debieran sujetarle las orejas), hablaban de pulmones y bronquios desgastados. Su mano, agarrada a una señora que caminaba al mismo ritmo que sus ruedas, contaba a gritos sentimientos de viejo enamorado.
En aquel momento debí mirar con compasión, notar tus dedos en los míos, y seguir caminando calle abajo.
Esa mañana bañaba el Sol Puerta Real. Minutos antes, nervioso, de camino, urgaba en mis recuerdos de un pasado bien lejano. Subías por Recogidas a eso de las once, mientras yo te contaba qué hacía los Domingos en Granada cuando era bien pequeño.
Debió de notarse la ilusión poco más tarde, cuando ya nos rodeaban un puñado de viejos coleccionistas guardando sus pequeños puestos (que no eran más que antiguas mesas de jardín), esperando que entre aquella poca gente que paseaba en un Domingo de mañana por el centro, hubiera algún interesado en guardar retazos del pasado en forma de sellos, o monedas o peñascos.
Tú, que quizá no comprendías del todo aquella historia, o quizá sí, deslizabas curiosa tus dedos entre monedas de diez siglos, preguntándote el por qué de un precio tan barato. Yo, con la ilusión rebosando en la cabeza y el contacto de tus dedos en mi mano, caminaba, a lo mejor quince años más tarde, contigo muy cerquita, entre recuerdos del pasado.
En un momento en que andábamos ojeando antiguos sellos de la revolución francesa, según rezaba un papel mal recortado en el catálogo, un viejo se acercó del otro lado, y con un gorro que tapaba sus orejas y un acento de más allá del Pirineo, dijo que eran los primeros emitidos en la vieja Francia. Tú, que habías agachado la cabeza, parecías dar por concluído el intercambio.
Más tarde, sobre la nube que había creado pasear contigo en mis recuerdos, estábamos sentados junto al río. El Sol de invierno que antes calentaba en el paseo, y que ahora parecía perder su fuerza ante la brisa, tostaba a duras penas nuestras caras, tumbados en el suelo, el uno sobre el otro, mientras mi mano descansaba tranquila entre tu pecho, y tú habías comentado que allí olía a meados.
Hoy, que salí de nuevo en la mañana, volví a verle. Aquel viejo que ayer se deslizaba pobremente sobre una plataforma con dos ruedas se me cruzó de nuevo. Con la cabeza bien erguida, la espalda recta, los tubos que salían de su nariz y la mano sujeta nuevamente a esa señora que en el pasado debía haber llorado a lágrima viva (y quizá a mares) cruzaban hacia arriba en el Triunfo.
Parecía que el Sol, que les bañaba de frente en la subida, les regalaba un poco más de vida a estos amantes. Mientras seguía mi camino, de vuelta hacia el trabajo, imaginé al pobre señor en su derrota temporal semanas antes, sobre una silla de ruedas, con sus pulmones tan cansados que no le darían aire ni para caminar. Algo dentro de mí debió sonreír fuerte (quizá eras tú), y se alegró de lo que de un tiempo a esta parte estábamos creando.
Pareciera que este viejo me hubiera hablado de poder nacer de nuevo, contigo cerca, la vida intensa, las noches breves, palabras justas, sonrisa alegre, tus ojos chicos, la nueva vida, los sueños juntos, los desengaños, y todo aquello que estuviera por venir, y que con esto, y aquello que cuando estemos aburridos decidamos, tuviera de sobra para vivir la vida entera una y mil veces.
Total, que al ver por segunda vez a aquel viejete, diría que volaba, que no andaba tristemente por la calle. Y me dieron ganas de abrazarlo.