http://www.makepovertyhistory.org Menuda mierda <body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener("load", function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <iframe src="http://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID=12295158&amp;blogName=Menuda+mierda&amp;publishMode=PUBLISH_MODE_BLOGSPOT&amp;navbarType=BLUE&amp;layoutType=CLASSIC&amp;searchRoot=http%3A%2F%2Frachasdeviento.blogspot.com%2Fsearch&amp;blogLocale=es_ES&amp;homepageUrl=http%3A%2F%2Frachasdeviento.blogspot.com%2F" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" frameborder="0" height="30px" width="100%" id="navbar-iframe" allowtransparency="true" title="Blogger Navigation and Search"></iframe> <div></div>

domingo, noviembre 15, 2009

Episodio IX: Casualidades (II)

Finalmente, comencé a pensar que había olvidado cómo expresar mis deseos correctamente. Pedir un café cortado a las tres de la tarde, y terminar a las nueve (tras perder la cuenta de todo lo que había tomado), fue el primer indicio de que algo no iba bien. Lo demás, el resto, sólo estaba por venir.

La miro a los ojos, mientras un torrente de pensamientos contrarios cruzan mi cabeza, pero sólo alcanzo a comentar lo bien que salieron mis garbanzos. No sé cuántas tardes llevo sentado frente a ella, ni alcanzo a comprender la velocidad con la que pasan.

¿Cuáles serían las palabras mágicas?

¿Ábracadabra, quizás? ¿Búdibi-búdibi-pú? Aunque, por un momento me lo planteo, descarto Hit the road Jack, sé que la he pronunciado cientos de veces y sólo ha despertado risas. Ella sabía reír como nadie; de eso estaba seguro.

Al final, decido terminar la tarde, e irme a casa. Parece que nos estemos despidiendo. ¿Ves? Cómo decirte que, una vez más, olvidé cómo expresar mis deseos correctamente...

jueves, octubre 22, 2009

Episodio VIII: Casualidades (I)

A veces me pregunto si hay algo más fuerte que la casualidad. Algunos podrían decir que la razón, otros que la voluntad, otros que una patada en las pelotas... qué se yo.

Aquel bar olía a tabaco como ningún otro. No sé si me entendéis. Allí se debían de haber fumado hasta las cortinas, viejas y manchadas, de un cuarto de baño antiguo y olvidado. Algunos días, como si de un cenicero gigante se tratase (y tú estuvieras dentro), el olor al pasar junto a su puerta era presagio de toses y pulmones sucios y encharcados.

Y, entendedme, que debió ser la casualidad la que debió hacerme entrar en este caso. No es cuestión de despreciar mi afición por barras de café, ni la soledad de Granada en el verano. La cuestión es la cuestión, a fin de cuentas, y antes de darme cuenta estaba dentro y bien sentado. Un café con beilis, sil vous plait. Como iba diciendo, una vez dentro y asentado, la sensación de llevar esa chaqueta vieja y ahumada, ese olor que todos conocéis; rancio, y dulce, y triste, ya sabéis, una vez dentro, se esfumaba.

Una vez más, quizá fruto de la casualidad, quizá causado por otros menesteres que más tarde deben ser contados, me vi volviendo tarde tras tarde al mismo sitio.

"Entre los hombres que van tras muchas mujeres podemos distinguir fácilmente dos categorías. Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer.

La obsesión de los primeros es lírica: se buscan a sí mismos en las mujeres, buscan su ideal y se ven repetidamente desengañados porque un ideal es, como sabemos, aquello que nunca puede encontrarse. El desengaño que los lleva de una mujer a otra le brinda a su inconstancia cierta disculpa romántica, de modo que muchas mujeres sentimentales pueden sentirse conmovidas por su terca poligamia."

Milan Kundera. La insoportable levedad del ser
Así que era eso.

Yo, que aún no intuía nada, me encontraba enzarzado en un ir y venir de títulos de libros, de escritores, de miradas cómplices y esquivas, con aquella rubia y guapa camarera. Si antes insinué que el olor de este garito dejaba de sentirse al poco rato, no era fruto de la costumbre, o sí, sino que el perfume que llevaba la individua de mirada inteligente y café en mano, éste, era el encargado de hacer que el cenicero en el que estaba oliera a algo suave y delicado.

Con una pequeña lista de libros, doblada y bien guardada en el bolsillo, me dirigí a una librería. Técnicas de Masturbación entre Batman y Robin era el título que rezaba la recomendación que más me había gustado. Pues pa tí Milán Kundera, le había espetado yo.

Entre los estantes, expositores, carritos, colgajos y estampitas, me vi encontrando no lo que buscaba, sino lo que yo había recomendado. Abrí sus páginas con nostalgia, esa que sientes cuando vuelves a ver algo que tanto te ha gustado, y me paré en un párrafo aleatorio. Las líneas de ahí arriba fueron las afortunadas.

Confuso, solté el libro en los estantes y volví a casa.

A veces me pregunto si hay algo más fuerte que la casualidad. Mañana, quien sabe, quizás vuelva de nuevo a esa barra. Tendré que buscar mejor el libro. Y ya veremos qué más cosas le cuento.

martes, septiembre 22, 2009

Episodio VII: Mujeres

Uno nunca sabe qué pensar. Gracias al siempre presente e infravalorado Murphy, cuanto más crees que conoces un campo de la vida, peor te irá. En cuestión de mujeres no podía ser menos: con el paso de los años, mi éxito entre el género femenino casi rozaba el que tengo entre los hombres.

Cuando ves que la cosa no va bien, acudes al primer amigo de confianza que tengas mas a mano, y sin rodeos, le preguntas: "Oye, ¿qué hago mal?". Y él, también sin rodeos, te responde: "Tienes que pasar de ellas". Vaya, quizá no me haya entendido. "Si yo lo que quiero es que me hagan caso", le contesto, con paciencia. "Efectivamente. Pues pasa de ellas. Ya vendrán".

Como parece que mi colega también anda algo confuso, me lanzo al barro y le pregunto a mi fémina preferida sobre el tema. "Si nos decís cosas bonitas, os damos puerta". ¿Y si no las decimos? "Nos quejamos y ya está". Manda cojones.

Yo nunca entendí bien a la gente. Quizá soy raro. Quizá me importa poco. O quizá debí estudiar sociología. El caso es que esta vez me lo habían explicado claro: "Tienes que pasar de ellas" y "Si nos decís cosas bonitas, os damos puerta".

Yo ya me imaginaba pasando de la guapa de turno, y sacando mis mejores insultos cuando la tuviera cerca. "Hola Luismi, ¿cómo estas?". "Cierra la boca, sucia fulana". Ya podía verla cayendo en mis brazos, y besándome con pasión a cada insulto. ¡Puta! ¡Guarra! ¡Cantamañanas! Y ella, vibrando de placer con cada injuria.

El orden que las cosas habían tenido en mi cabeza ya poco importaba. El mundo, tal y como yo lo conocía, se había vuelto gilipollas. Ante tal acontecimiento, no quedaba más que resignarse y adaptarse a los tiempos. Lejos quedaban las cenas a la luz de las velas, la película romántica y el rioja. Las fulanas de ahí afuera estaban buscando a un macho con los cojones bien puestos, y en un mundo así no había lugar para romanticismos.

El cortejo, tal y como yo lo imaginaba, había cambiado. Hordas de bellas mujeres, gaznápiras y gilipollas por igual, se abrían de piernas ante el capullo más pintado. De eso sí estaba seguro, el orden de los factores había cambiado. Quizá alguna vez fuimos puritanos y recatados, pero en cuanto todo eso pasó, el amor pasó a buscarse a golpe de pelvis. Lo que antes debía entrar por el corazón, ahora encajaba en la entrepierna. Ya habría tiempo de ver si la cosa funcionaba. Lo primero es lo primero.

Ahora parecía tenerlo todo claro. Salí a la calle, lanzando improperios a mi alrededor sin cortarme un pelo. ¡Tontaca! ¡Zorra nauseabunda! ¡Comerrabos! Lo último que recuerdo es un golpe en la cabeza. Eso, y sabor a sangre. Según me contó el médico, alguién se empeñó en romperme las pelotas, aunque finalmente se conformó con dos costillas.

La enfermera me gustaba. Era simpática y siempre sonreía. Sin ser consciente del aspecto de capullo que tenía sobre la cama, le pregunté por su teléfono. "Soy lesbiana", me dijo, con una sonrisa a medias. "¿Las lesbianas no tomáis café?". "Tortillera, gay, homosexual. Me gustan las mujeres". "¡Y a mi también! Ya tenemos algo en común". Ella se despidió, tocó unos botones en una consola cerca de mi cabeza, y el sueño me invadió rápidamente.

Al final, todo se reduce a eso: mujeres.

domingo, agosto 16, 2009

Interludio: Hambre y moscas

Sábado, 4 de la mañana. Estás estudiando frente al PC. No recuerdas cuanto rato llevas haciendo lo mismo. De pronto, una frase parpadea frente a tus ojos, cansados y aburridos hace horas:

Cada minuto, 9 niños
MUEREN
a falta de nutrientes
ESENCIALES.

Tic. Tac.
Tic. Tac.
Tic. Tac.
Tic. Tac.
Un segundo. Otro. Otro más. Observas la pantalla detenidamente, con atención. Piensas por un momento. ¿Cuánto tiempo llevas en este blog? ¿30 segundos? ¿quizá 70? Te acercas una taza de café bien caliente a los labios y lo saboreas. Mientras, haces cálculos. Curioso, continúas leyendo:

...cuando un niño sufre de desnutrición severa, su sistema inmune se encuentra tan desvalido que el riesgo de muerte sube rápidamente. Enfermedades comunes como...

¿Como qué? ¿Quizá un resfriado se lleve por delante a un buen puñado? ¿O quizá una diarrea pueda acabar con sus deshidratados cuerpos?

Recuerdas las imágenes que ya tantas veces has visto en televisión. Pues sí que parecen pasar hambre. ¿Qué comerá esta gente? Miras, descuidado, unos restos sobre la mesa. ¿Les gustará la comida china?

Miras a tu alrededor, y ni siquiera intentas entender cómo 27 niños han palmado en este rato, por no tener qué llevarse a la boca. ¿Habrá algo por aquí que puedan comerse? Quizá pueda mandarles algo que les calme por un rato el hambre. Hambre que, en cualquier momento, les acabará matando.

Mientras observas de nuevo, de forma desordenada, lo que acabas de leer, una nueva frase aparece en la pantalla. Te detienes. Parpadeas.

Consigue
REGALOS
a cambio de ver
PUBLICIDAD.

Maldices. Varias veces. ¿Lo podrá hacer esto un negrete hambriento? Quizá le den una hamburguesa por tragarse un puñado de anuncios. Maldices de nuevo un buen puñado de mierdas de esta vida. Te preguntas quién ha establecido el orden de este mundo, y casi te mosqueas.

Ojeas, aburrido, la lista de regalos que acompaña al mensaje anterior. Viajes. Entradas. Salud y Belleza. Solidaridad. Deportes. Telefonía y ADSL, Informática, Videoju...

¿solidari...QUÉ?

De repente, algo se ilumina en tu cabeza.
Compruebas algo.
Sonríes, incrédulo.
¿Por qué sonríes?

La razón, en el próximo episodio.

miércoles, julio 15, 2009

Episodio VI: El día que intenté suicidarme

Tendría que ser un día como hoy, un año atrás. Me hallaba luchando contra las inclemencias del destino y las injusticias de la vida... vamos, que lloraba. Como un niño pequeño, para ser exactos. Más tarde, muchos meses después, me explicarían que intentaba suicidarme. Yo, que aún no sospechaba nada, simplemente lloraba desconsolado. A moco tendido. Lágrimas sanas.

Sólo pasaban unos días desde la despedida. Tha tapoume stin Elada!. Y adiós, muy buenas. No sólo lloraba por aquella morena de pelo rizado, ojos brillantes y sonrisa fácil. Cuando la primera despedida llega a los 23, estás jodido. Los jóvenes no suelen tener ese problema y, cuando la cosa se pone seria, tienen un buen historial de pedidas, despedidas, dimes y diretes. Están bien curtidos en la materia.

Como ya podréis imaginar, ese no era mi caso. En lo que a experiencia se refiere, llegaba con 10 años de retraso. Y ahí estaba yo, convertido de nuevo en un tierno pimpollo de 11 años al que su novia ha dejado. Y no jodáis, que esto es serio.

Cuando uno se enamora 3 veces por semana, no hay tiempo de rupturas. A decir verdad, no da tiempo a nada. Va pasando el tiempo, y ahí estás tú: más sólo que la una, y comiéndote los mocos. ¡No me quiere nadie! ¡Ni tú a nosotras, malandrín!, debería haberme gritado alguna. Pero claro, no gritan. Ellas no gritan.

Después, todo se precipitó. Antes de que quieras darte cuenta, una gallega te ha regalado una rosa y te ha dicho adiós. Tus padres han adelantado su visita cogiendo el coche contrarreloj, un portugués te ha partido la boca, y te encuentras de vuelta en casa. Al oeste, Portugal. Tres mil al este, Grecia. Mil al norte está Galicia. Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambúl. Y yo, en tierra de nadie.

Al parecer, cuando uno intenta suicidarse, las cosas pasan así. Pero, repito, yo aún ni siquiera imaginaba todo lo que había pasado. Debieron pasar siete, quizá ocho meses, para comprenderlo todo. Una confusión, quizá todo fue una confusión y nadie quería morir. Pero mi padre lo tenía claro. Aquello no eran lágrimas de desconsuelo, eran la señal. Él sólo quería salvarme...

Pero aún no reaccioné. Tras saber que había estado a punto de morir bajo mis propias manos sólo pude reir. Inocente de mí, no comprendía nada. Tuvo que seguir pasando el tiempo, y que la idea se acomodara en mi cabeza. Y en mi cabeza, un buen día, apareció otra idea. Vaya vida de mierda debes pensar que tengo, papá...

Sin siquiera darme cuenta, todo había empezado a mejorar. Poco después comprendería que había tomado, de nuevo, las riendas de mi vida.

Y así fue como un intendo de suicidio frustrado, del que no supe nada hasta bien pasado el tiempo, salvó mi vida.


martes, julio 14, 2009

Episodio V (el que va antes del VI)

Hace un tiempo me propuse dejar de ser un gilipollas. No sabría decir cuándo, quizá hace un mes, quizá hace dos, o puede que hace un rato. En algo así el propósito debe ser firme y los cojones deben estar bien puestos, o todo volverá a ser la misma mierda de siempre en cuestión de un par de horas. Pero uno es decidido y, consciente de la gravedad de la situación, sabe que ha llegado el momento de tomar las riendas del asunto. Y así lo hago, vaya que sí. Miro hacia adelante, hacia atrás, otra vez hacia adelante, y, con los brazos en alto y el grito en el cielo, comienzo a correr con todas mis ganas.

No sé en qué momento la cosa empezó a ir mal. Un buen día te levantas de la cama, te preparas un café, y antes de que te acuestes la cosa se ha torcido por completo y, cuando quieres darte cuenta, estás como una cuba y hablando con un perro de lo puta que es la vida. Apuesto a que así comienza todo esto.

Luego todo es dejarse llevar.

Cuando se mira el mundo a través de unas gafas manchadas de mierda todo tiene un aire bastante deprimente. Deben estar polarizadas para tal propósito. Ahora estoy seguro de ello. Pero cuando todo está empezando aún no imaginas nada de esto. Así que te colocas tus gafas, y te sientas en el sofá a verlas venir.

Y claro, vienen. Vaya si vienen. Y tú ni las ves venir.

Me gustaría contaros que todo terminó tal y como comenzó: un buen día, con una taza de café entre las manos y los ojos aún pegados decides que ya está bien. Pero no, no es así. Me temo que nunca es así.

La respuesta, en el próximo capítulo.